La (no tan) “Gran Verdad” de la Confederación

Mi anterior entrada del blog trató sobre el primer discurso inaugural de Abraham Lincoln, con el norte y el sur al borde de una guerra civil. En ese momento, nuestro gran experimento de una república democrática moderna parecía condenado al fracaso, después de menos de un siglo de existencia. ¿Qué había pasado?

La causa de la Guerra Civil ha sido una de las cuestiones más controvertidas de la historia de los EEUU desde entonces. En particular, algunos han sostenido que en última instancia tenía más que ver con el asunto de los derechos de los Estados que con la esclavitud. Si bien es cierto que aquel asunto se debatió fuertemente en las primeras décadas de nuestra historia, fue casi siempre discutido en el contexto de algún otro asunto, y el más común de estos fue sin duda la esclavitud (la excepción más notable siendo el intento de Carolina del Sur de anular aranceles federales en 1832-33).

De hecho, durante los primeros 85 años de existencia de nuestro país, fue el asunto de la esclavitud que en repetidas ocasiones y con fuerza amenazaba con destruirnos. Esto fue especialmente verdadero en la década inmediatamente anterior a la Guerra Civil mientras las tensiones políticas y sociales se intensificaron. Desde el Acuerdo de 1850 hasta la elección presidencial de 1860, el papel de la esclavitud en nuestro país fue el predominante tema político y social. Incluso dio lugar a la ruptura y el realineamiento de grandes instituciones nacionales tales como los partidos políticos y las confesiones religiosas, la última vez que esto ha ocurrido a una escala tan grande en nuestra historia.

Pero ¿qué pasa con el hecho de que los autores de la Constitución de la Confederación, adoptada tan sólo una semana después de la investidura del Presidente Lincoln, metían lenguaje a favor de los derechos de los Estados en la primera línea?: “Nosotros, el pueblo de los Estados Confederados, cada Estado actuando en su carácter soberano e independiente, con el fin de formar un gobierno federal permanente, …” (¡nota también que no hay la formación de una “Unión más perfecta” aquí!). Esto ciertamente sugiere un mayor énfasis en los derechos de los Estados, pero esto es sólo el preámbulo, una declaración introductoria de propósitos y principios. Un análisis del resto del documento, en comparación con la Constitución de los EEUU revela resultados mixtos: en ciertos aspectos otorgaba más derechos a los Estados individuales, mientras que en otros en realidad les quitaba derechos. La diferencia más notable entre las dos constituciones no es el asunto de los derechos de los Estados sino el tratamiento de la esclavitud: mientras que la Constitución de los EEUU protegía la esclavitud a regañadientes donde ya existía, ni siquiera haciendo mención de ella por nombre, la Constitución de la Confederación la protegía explícitamente (ninguna “ley negando o menoscabando el derecho de propiedad en esclavos negros se aprobarán”).

Las intenciones de los líderes confederados se vuelven aún más claras cuando se considera un fascinante discurso pronunciado por su Vicepresidente diez días más tarde. Hablando de manera extemporánea en Savannah, Georgia, Alexander Stephens explicaba las diferencias fundamentales entre las dos constituciones, así como las ideologías y creencias detrás de ellos. Sí hablaba de los derechos de los Estados – explicando la eliminación del arancel por parte de la Confederación y la prohibición al gobierno nacional a financiar grandes obras públicas – pero es su último “cambio para mejor” que es especialmente revelador: el acuerdo definitivo de “todas las cuestiones inquietantes relacionadas con nuestra institución peculiar – la esclavitud africana tal como existe entre nosotros – la posición social apropiada del negro dentro de nuestra forma de civilización”. Stephens reconoció que “esta fue la causa inmediata de la reciente ruptura y actual revolución” (no los derechos de los Estados), y señaló correctamente que cuando la Constitución de los EEUU fue adoptada en 1787, algunos de los Padres Fundadores de los Estados del sur luchaban consigo mismos sobre el papel de la esclavitud. Puede que haya habido unos apologistas absolutos, es decir, defensores de la esclavitud, pero muchos otros, incluso Thomas Jefferson, en cambio casi se disculparon por la esclavitud. Stephens resumió los puntos de vista de los fundadores de la siguiente manera:

Las ideas dominantes contemplados por él [Jefferson] y la mayoría de los principales estadistas en el momento de la formación de la antigua constitución, fueron que la esclavitud del africano fue en violación de las leyes de la naturaleza; que era malo en principio, social-, moral- y políticamente. Fue un mal que no sabían bien cómo tratar, pero la opinión general de los hombres de aquel día fue que, de alguna manera u otra en el orden de la Providencia, la institución sería evanescente y se iría.

Entonces Stephens dejó caer el bombazo: en este punto, los fundadores eran fundamentalmente equivocados; la esclavitud de la raza africana no era un mal, sino un bien, ordenado por Dios mismo. ¡Y fueron los fundadores de la Confederación, la generación actual (él mismo incluido), quienes fueron las primeras personas en ser verdaderamente iluminados sobre este hecho!:

Nuestro nuevo gobierno se fundamenta en la idea exactamente opuesta; sus cimientos están sentados, su piedra angular descansa sobre la gran verdad, que el negro no es igual al hombre blanco; que la esclavitud – subordinación a la raza superior – es su condición natural y normal. Este, nuestro nuevo gobierno, es el primero en la historia del mundo, basado en esta gran verdad física, filosófica y moral.

Según Stephens, quienes no estaban de acuerdo con esta evaluación sorprendente eran ilógicos y locos, y finalmente serían derrotados porque estaban luchando contra un principio de la naturaleza, contra la verdad y contra Dios. Algún día, Stephens profetizó, esto sería reconocido “por todo el mundo civilizado e ilustrado”.

En caso de que creas que esto se trataba de las divagaciones de un hombre enloquecido, ten en cuenta que Alexander Stephens era un político muy respetado y un hombre hecho a sí mismo conocido por su sabiduría y generosidad. Era un antiguo aliado de Lincoln, generalmente sostenía opiniones moderadas, e inicialmente se oponía a la secesión y a elementos extremistas en el sur. Por lo tanto sus palabras francas ese día probablemente reflejan las opiniones de la mayoría de los sureños blancos hacia la esclavitud en ese momento. Es también revelador que los que anotaron su discurso señaló que Stephens fue interrumpido frecuentemente por los aplausos de sus oyentes. [Para el texto completo y más información sobre el discurso de Stephens, consulta este artículo de Wikipedia (en inglés).]

Todo esto no quiere decir que todos los norteños blancos en ese momento creían en la igualdad de las razas. La mayoría, de hecho, Lincoln incluido, no pensaba que las razas podrían ni nunca llegarían a ser iguales en todos los aspectos, sobre todo social- y políticamente. Pero por lo general sí creían – y Lincoln ciertamente creía – en la igualdad de trato en cuanto a los ideales de la Declaración de Independencia (“la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”) y las protecciones básicas de la Constitución. Al parecer, los sureños blancos se dirigían en la dirección contraria, cada vez más radicalizados y arraigados en sus puntos de vista.

Vivir como lo hacemos hoy en un mundo muy afectado por elementos extremistas, nos convendría considerar cómo el sur llegó a este punto. Yo diría que todo lo siguiente desempeñó un papel: actitudes y políticas enfocadas hacia adentro; prejuicios raciales basados en malentendidos y arrogancia; resentimiento por una percibida agresión y dominación por parte del norte; temor a los efectos futuros de la pérdida de influencia política a nivel nacional (perdiendo su forma de vida, y la incertidumbre económica de una transición de un sistema de trabajo forzado a un sistema de trabajo libre); y una disposición de utilizar la religión a ciegas para justificar acciones y creencias. Es fácil permitir que el temor, el prejuicio, el resentimiento, el sentimiento de impotencia, etc. sea el guía de uno – ya sea como una persona o como una nación –, pero éstos generalmente no conducen en última instancia a la verdad, la justicia o la bondad.

LinkedIn-LogoSquareKevin J. Wood

1 de abril de 2015

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