Ahora pertenece a la eternidad: El legado de Lincoln como él lo tendría

Hoy se conmemora el 150º aniversario de la prematura muerte de Abraham Lincoln a manos de un asesino. “Ahora pertenece a la eternidad”, como pronunció Secretario de Guerra Edwin Stanton, y en verdad un gran legado de Lincoln ha surgido. Es citado habitualmente como uno de los más influyentes, así como uno de los más queridos, de nuestros Presidentes; hay un sinnúmero de pueblos, calles, escuelas, empresas, productos, etc. que llevan su nombre; es citado – a veces mal – por políticos, predicadores y otros; su imagen aparece tanto en una moneda como en un billete; y hay monumentos a él por todo el país (bueno, al menos en el Norte).A lo largo de los años, Abraham Lincoln ha sido recordado por muchas cosas:

  • su improbable ascenso de la oscuridad al cargo más alto del país, dando esperanza a los demás que también pueden mejorar su situación a través de arduo trabajo, educación y perseverancia;
  • su compromiso con los ideales por los que nuestro país se destaca: la libertad, la democracia, la igualdad y la oportunidad;
  • su combinación única de un cuentacuentos corriente sin pretensiones, y un escritor y orador de discursos elocuentes;
  • su papel en la preservación de la unión y la liberación de los esclavos durante la mayor crisis de nuestra nación; y
  • su fuerte carácter personal y moral, incluyendo su honestidad, humildad, compasión y fe.

Pero, ¿qué deseaba Lincoln sí mismo en cuanto a su legado? Tenía sólo 23 años y había sido residente del pueblo de New Salem durante sólo unos seis meses cuando decidió postularse para la legislatura estatal de Illinois. Con el fin de presentarse a los votantes, preparó un folleto de mano que exponía sus posturas políticas, para concluir con una declaración que incluía estas palabras:

Se dice que cada hombre tiene su peculiar ambición. Ya sea cierto o no, lo que puedo decir por mi parte es que no tengo otra tan grande como la de ser verdaderamente estimado de parte de mis semejantes, por medio de mostrar que soy digno de su estima. Hasta dónde tendré éxito en gratificar esta ambición, aún no se ha desarrollado…

[El joven Lincoln no ganaría esa elección, aunque sí recibiría el 92% de los votos emitidos en su propio pueblo. Dos años más tarde, intentaría de nuevo y ganaría, pasando a servir cuatro mandatos consecutivos.]

A menudo hay una gran brecha entre la ambición y el legado. Mi anterior entrada del blog citó la profecía del Vicepresidente confederado Alexander Stephens que un día todo “el mundo civilizado e ilustrado” reconocería que el Sur había tenido razón, que la esclavitud de la raza africana no era un mal, sino un bien, ordenado por Dios mismo. ¡Afortunadamente esa ambición no se convirtió en el legado!

Esto también podría haber sido el destino de Lincoln si hubiera muerto antes durante su Presidencia, o si la Guerra Civil no había resultado como lo hizo. Si esto hubiera sido así, hoy Lincoln muy bien podría ser considerado como uno de nuestros peores presidentes nunca: poco cualificado y preparado para la gran tarea que enfrentó, un líder débil y un traidor a la Constitución. Como iba la cosa, sin embargo, vemos que la declarada ambición de Lincoln fue abrumadoramente satisfecha, por lo menos después de su muerte. Su ambición se ha realizado plenamente en su legado.

A lo largo de su vida adulta, Lincoln repitió y reiteró esta ambición de mostrar que era digno de la estima y el respeto de sus contemporáneos. Mientras que sufría un grave caso de depresión a los 32 años, por ejemplo – su carrera política se tambaleaba, había roto su compromiso con Mary Todd y su mejor amigo Joshua Speed se ​​había ido -, Lincoln escribió a Speed diciendo que era más que dispuesto a morir, salvo que no había “hecho nada para hacer que ningún otro ser humano recordara que él había vivido” y que “vincular su nombre con algo que redundaría en el bienestar de su prójimo era por lo que él deseaba vivir”.

Tendrían que pasar otros 22 años antes de que Lincoln pudiera sentirse absolutamente seguro de que realmente había hecho algo en beneficio de su prójimo que provocaría que la gente lo recordara. Ese día llegaría el 1 de enero de 1863, cuando firmó la Proclamación de Emancipación. Algunos habían dudado que Lincoln siguiera adelante con su promesa de firmar una medida tan polémica, y así que cuando dos veces cogió la pluma para firmar el documento y a continuación la dejó, los tres hombres con él comenzaron a preguntarse.

Pero entonces el Presidente explicó que por haber estado estrechándose la mano durante varias horas en la recepción anual del Día del Año Nuevo de la Casa Blanca, su brazo derecho estaba casi paralizado. “Si mi nombre alguna vez entra en la historia será para este acto, y toda mi alma está en él. Si mi mano tiembla cuando firmo la Proclamación, todos los que se examine el documento en adelante dirán: ‘Él vaciló’.” Por lo tanto se masajeó las manos hasta que se sintió seguro de poder firmar su nombre con confianza a este documento que él llamó “el acto central de mi administración”.

Por supuesto, Lincoln también reconoció que puesto que la Proclamación de Emancipación era técnicamente una medida de guerra, otros podrían venir después de él, después de que la Guerra Civil hubiera terminado, e intentar anularla. Es por esto que puso tanto esfuerzo en conseguir la aprobación de la decimotercera enmienda a la Constitución, prohibiendo la esclavitud de una vez por todas por todo el país.

La expresión del joven Abe Lincoln de su ambición – “No tengo otra tan grande como la de ser verdaderamente estimado de parte de mis semejantes…” – sin duda refleja un anhelo humano universal a ser estimado, valorado, respetado, etc. por otros. Pero como Lincoln ya sabía a una edad tan joven, esto no le vendría por derecho o casualidad; debe esforzarse para hacerse una persona merecedora de tales sentimientos: “…por medio de mostrar que soy digno de su estima”. Hoy en día, vivimos en un mundo donde el respeto y el valor a menudo se exigieron, como si fueran derechos. ¿Tal vez sería mejor si en lugar de eso siguiéramos el ejemplo de Abraham Lincoln y nos esforzáramos por hacernos verdaderamente merecedores de ellos?

LinkedIn-LogoSquareKevin J. Wood

15 de abril 2015

La (no tan) “Gran Verdad” de la Confederación

Mi anterior entrada del blog trató sobre el primer discurso inaugural de Abraham Lincoln, con el norte y el sur al borde de una guerra civil. En ese momento, nuestro gran experimento de una república democrática moderna parecía condenado al fracaso, después de menos de un siglo de existencia. ¿Qué había pasado?

La causa de la Guerra Civil ha sido una de las cuestiones más controvertidas de la historia de los EEUU desde entonces. En particular, algunos han sostenido que en última instancia tenía más que ver con el asunto de los derechos de los Estados que con la esclavitud. Si bien es cierto que aquel asunto se debatió fuertemente en las primeras décadas de nuestra historia, fue casi siempre discutido en el contexto de algún otro asunto, y el más común de estos fue sin duda la esclavitud (la excepción más notable siendo el intento de Carolina del Sur de anular aranceles federales en 1832-33).

De hecho, durante los primeros 85 años de existencia de nuestro país, fue el asunto de la esclavitud que en repetidas ocasiones y con fuerza amenazaba con destruirnos. Esto fue especialmente verdadero en la década inmediatamente anterior a la Guerra Civil mientras las tensiones políticas y sociales se intensificaron. Desde el Acuerdo de 1850 hasta la elección presidencial de 1860, el papel de la esclavitud en nuestro país fue el predominante tema político y social. Incluso dio lugar a la ruptura y el realineamiento de grandes instituciones nacionales tales como los partidos políticos y las confesiones religiosas, la última vez que esto ha ocurrido a una escala tan grande en nuestra historia.

Pero ¿qué pasa con el hecho de que los autores de la Constitución de la Confederación, adoptada tan sólo una semana después de la investidura del Presidente Lincoln, metían lenguaje a favor de los derechos de los Estados en la primera línea?: “Nosotros, el pueblo de los Estados Confederados, cada Estado actuando en su carácter soberano e independiente, con el fin de formar un gobierno federal permanente, …” (¡nota también que no hay la formación de una “Unión más perfecta” aquí!). Esto ciertamente sugiere un mayor énfasis en los derechos de los Estados, pero esto es sólo el preámbulo, una declaración introductoria de propósitos y principios. Un análisis del resto del documento, en comparación con la Constitución de los EEUU revela resultados mixtos: en ciertos aspectos otorgaba más derechos a los Estados individuales, mientras que en otros en realidad les quitaba derechos. La diferencia más notable entre las dos constituciones no es el asunto de los derechos de los Estados sino el tratamiento de la esclavitud: mientras que la Constitución de los EEUU protegía la esclavitud a regañadientes donde ya existía, ni siquiera haciendo mención de ella por nombre, la Constitución de la Confederación la protegía explícitamente (ninguna “ley negando o menoscabando el derecho de propiedad en esclavos negros se aprobarán”).

Las intenciones de los líderes confederados se vuelven aún más claras cuando se considera un fascinante discurso pronunciado por su Vicepresidente diez días más tarde. Hablando de manera extemporánea en Savannah, Georgia, Alexander Stephens explicaba las diferencias fundamentales entre las dos constituciones, así como las ideologías y creencias detrás de ellos. Sí hablaba de los derechos de los Estados – explicando la eliminación del arancel por parte de la Confederación y la prohibición al gobierno nacional a financiar grandes obras públicas – pero es su último “cambio para mejor” que es especialmente revelador: el acuerdo definitivo de “todas las cuestiones inquietantes relacionadas con nuestra institución peculiar – la esclavitud africana tal como existe entre nosotros – la posición social apropiada del negro dentro de nuestra forma de civilización”. Stephens reconoció que “esta fue la causa inmediata de la reciente ruptura y actual revolución” (no los derechos de los Estados), y señaló correctamente que cuando la Constitución de los EEUU fue adoptada en 1787, algunos de los Padres Fundadores de los Estados del sur luchaban consigo mismos sobre el papel de la esclavitud. Puede que haya habido unos apologistas absolutos, es decir, defensores de la esclavitud, pero muchos otros, incluso Thomas Jefferson, en cambio casi se disculparon por la esclavitud. Stephens resumió los puntos de vista de los fundadores de la siguiente manera:

Las ideas dominantes contemplados por él [Jefferson] y la mayoría de los principales estadistas en el momento de la formación de la antigua constitución, fueron que la esclavitud del africano fue en violación de las leyes de la naturaleza; que era malo en principio, social-, moral- y políticamente. Fue un mal que no sabían bien cómo tratar, pero la opinión general de los hombres de aquel día fue que, de alguna manera u otra en el orden de la Providencia, la institución sería evanescente y se iría.

Entonces Stephens dejó caer el bombazo: en este punto, los fundadores eran fundamentalmente equivocados; la esclavitud de la raza africana no era un mal, sino un bien, ordenado por Dios mismo. ¡Y fueron los fundadores de la Confederación, la generación actual (él mismo incluido), quienes fueron las primeras personas en ser verdaderamente iluminados sobre este hecho!:

Nuestro nuevo gobierno se fundamenta en la idea exactamente opuesta; sus cimientos están sentados, su piedra angular descansa sobre la gran verdad, que el negro no es igual al hombre blanco; que la esclavitud – subordinación a la raza superior – es su condición natural y normal. Este, nuestro nuevo gobierno, es el primero en la historia del mundo, basado en esta gran verdad física, filosófica y moral.

Según Stephens, quienes no estaban de acuerdo con esta evaluación sorprendente eran ilógicos y locos, y finalmente serían derrotados porque estaban luchando contra un principio de la naturaleza, contra la verdad y contra Dios. Algún día, Stephens profetizó, esto sería reconocido “por todo el mundo civilizado e ilustrado”.

En caso de que creas que esto se trataba de las divagaciones de un hombre enloquecido, ten en cuenta que Alexander Stephens era un político muy respetado y un hombre hecho a sí mismo conocido por su sabiduría y generosidad. Era un antiguo aliado de Lincoln, generalmente sostenía opiniones moderadas, e inicialmente se oponía a la secesión y a elementos extremistas en el sur. Por lo tanto sus palabras francas ese día probablemente reflejan las opiniones de la mayoría de los sureños blancos hacia la esclavitud en ese momento. Es también revelador que los que anotaron su discurso señaló que Stephens fue interrumpido frecuentemente por los aplausos de sus oyentes. [Para el texto completo y más información sobre el discurso de Stephens, consulta este artículo de Wikipedia (en inglés).]

Todo esto no quiere decir que todos los norteños blancos en ese momento creían en la igualdad de las razas. La mayoría, de hecho, Lincoln incluido, no pensaba que las razas podrían ni nunca llegarían a ser iguales en todos los aspectos, sobre todo social- y políticamente. Pero por lo general sí creían – y Lincoln ciertamente creía – en la igualdad de trato en cuanto a los ideales de la Declaración de Independencia (“la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”) y las protecciones básicas de la Constitución. Al parecer, los sureños blancos se dirigían en la dirección contraria, cada vez más radicalizados y arraigados en sus puntos de vista.

Vivir como lo hacemos hoy en un mundo muy afectado por elementos extremistas, nos convendría considerar cómo el sur llegó a este punto. Yo diría que todo lo siguiente desempeñó un papel: actitudes y políticas enfocadas hacia adentro; prejuicios raciales basados en malentendidos y arrogancia; resentimiento por una percibida agresión y dominación por parte del norte; temor a los efectos futuros de la pérdida de influencia política a nivel nacional (perdiendo su forma de vida, y la incertidumbre económica de una transición de un sistema de trabajo forzado a un sistema de trabajo libre); y una disposición de utilizar la religión a ciegas para justificar acciones y creencias. Es fácil permitir que el temor, el prejuicio, el resentimiento, el sentimiento de impotencia, etc. sea el guía de uno – ya sea como una persona o como una nación –, pero éstos generalmente no conducen en última instancia a la verdad, la justicia o la bondad.

LinkedIn-LogoSquareKevin J. Wood

1 de abril de 2015

Primer discurso inaugural de Lincoln: Constitución y Unión

Inauguré mi blog hace dos semanas el día 4 de marzo, señalando la importancia histórica ahora casi olvidada de esa fecha en la historia de los EEUU: fue en esa fecha en el año 1789 que nuestra Constitución entró en vigor y nuestro gobierno tomó la forma que sigue teniendo hoy día, y fue también la fecha en la cual nuestras inauguraciones presidenciales tuvieron lugar hasta el año 1933.

Por eso no es nada de extrañar que cuando el Presidente electo Abraham Lincoln juró el cargo el día 4 de marzo de 1861 – siete de los 15 estados del sur habiendo separado recientemente de la Unión para formar los Estados Confederados de América y los otros ocho amenazando con irse también – la Constitución fuera primero en su mente. Hizo referencia a la propia Constitución o a los derechos constitucionales, asuntos constitucionales, etc. 34 veces en su discurso (el único discurso inaugural con más referencias constitucionales fue el de William Harrison en 1841, con 39, pero su discurso fue más de dos veces más largo).

El tema de Lincoln aquel día fue fundamentalmente la siguiente: a la luz de la Constitución y de las leyes de nuestro país, ¿qué iba a hacer para responder a la crisis actual? Intentó lograr un equilibrio aparentemente imposible: persuadir al Sur a volverse voluntariamente del camino que había tomado sin comprometer la integridad de la Constitución y el sistema de gobierno. La Constitución cumplió 72 años aquel día, aproximadamente la esperanza de vida humana. ¿Estaba este gran documento, y el país que se rigió, también llegando a su fin? Ciertamente parecía así.

En primer lugar Lincoln repitió cuidadosamente la postura muy clara de su nuevo gobierno acerca del asunto de la esclavitud, con el fin de calmar al Sur. No interferiría con la institución de la esclavitud en los estados donde ya existía y fue protegida por la Constitución – “Creo que no tengo ningún derecho legal a hacerlo, y no estoy dispuesto a hacerlo” – incluso sostener la polémica ley de los esclavos fugitivos (devolviéndolos a sus amos).

Lincoln entonces presentó su argumento que la unión era perpetuo, que ningún estado podía abandonar la unión sin el consentimiento de los demás. Esto sería cierto ya siendo visto desde la perspectiva de un gobierno nacional (“Es seguro afirmar que ningún gobierno en sí, nunca tuvo una disposición en su ley orgánica por su propia terminación”) o como un contrato (“Una de las partes de un contrato puede violarla – romperlo, por así decirlo; ¿pero no se requiere todas para rescindirlo legalmente?”). Y puesto que la unión era en realidad mayor que la Constitución, seguramente sería cierto cuando visto desde la perspectiva de ese documento, uno de cuyos objetivos era ‘para formar una unión más perfecta’:

Pero si la destrucción de la unión, por uno, o por una parte solamente, de los estados, sea legalmente posible, la unión es menos perfecta que antes de la Constitución, habiendo perdido el elemento vital de la perpetuidad. Se deduce de estos puntos de vista que ningún estado, simplemente por su propia petición, puede salir legalmente de la unión … Por lo tanto, considero que, en vista de la Constitución y las leyes, la unión sigue intacta …”.

El resto del discurso de Lincoln aquel día expuso más argumentos en contra de la secesión mezclado con más llamamientos a la razón y a la templanza. Notó que tanto la secesión como el gobierno de las minorías conducen por el camino a la anarquía. Habló de los beneficios, recuerdos y esperanzas de ‘nuestro tejido nacional’, y sobre ‘la restauración de las simpatías y afectos fraternales’. La crisis actual todavía podría ser superada, él afirmó, a través de ‘la inteligencia, el patriotismo, el cristianismo y una firme dependencia de Él, que nunca ha abandonado esta tierra favorecida’. Razonó que si el Sur entraba en guerra, no podían luchar siempre, y después de grandes pérdidas en ambos lados, todavía tendrían que tratar sobre las mismas preguntas que antes.

En algunos puntos, Lincoln sí tomó una posición firme; la Constitución, después de todo, le requirió garantizar que las leyes fueron respetadas en todos los estados. Concretamente, dijo que el gobierno federal utilizaría su poder para mantener posesión de las instalaciones del gobierno en el Sur (léase: Fort Sumter), y para recaudar impuestos; pero no haría nada más que podría provocar sentimientos de una invasión.

¿Sería suficiente todo esto para evitar la guerra? Lincoln dejó eso al Sur, mientras tanto manteniendo todavía una postura firme acerca de sus propias obligaciones:

En vuestras manos, mis compatriotas insatisfechos, y no en las mías, es la cuestión trascendental de la guerra civil. El gobierno no os asaltará. No podéis tener ningún conflicto, sin ser vosotros mismos los agresores. No tenéis ningún juramento registrado en el cielo para destruir el gobierno, mientras que yo tendré el más solemne para ‘preservarlo, protegerlo y defenderlo’.

Los borradores de Lincoln habían terminado con una pregunta dramática para el Sur: “¿Será paz o espada?” Pero por sugerencia del Secretario de Estado William Seward, Lincoln abandonó este final combativo a favor de un último llamamiento conciliador a su historia y experiencias compartidas:

Soy reacio a terminar. No somos enemigos, sino amigos. No debemos ser enemigos. Aunque la pasión los haya llevado al límite, no debe romper nuestros lazos de afecto. Los acordes místicos de la memoria, extendiéndose desde cada campo de batalla y sepulcro patriota, a cada corazón viviente y hogar, por toda esta amplia tierra, todavía aumentarán el coro de la unión, cuando sean tocados otra vez, como seguramente lo serán, por los mejores ángeles de nuestra naturaleza.

¿Por qué era Lincoln tan ‘reacio a terminar’? Parece ser que creía que era su última y mejor oportunidad para salvar la unión sin guerra. Uno siente que consideraba que mientras seguía hablando, ellos presuntamente estarían escuchando, y posiblemente abiertos a dar marcha atrás. Pero tan pronto que cerró su intervención, habría una ominosa finalidad a toda la espantosa situación. Si no les había convencido en ese momento, entonces sería demasiado tarde. Desgraciadamente para nuestro país – como quiso el destino, o la providencia – esto demostraría ser el caso.

Kevin J. Wood

18 de marzo de 2015

El cuarto de marzo: Un día muy adecuado para inaugurar mi blog

Para el ciudadano estadounidense normal y corriente de hoy en día, incluso uno decididamente patriótico, la fecha del 4 de marzo probablemente lleva poco significado, especialmente comparada con la del 4 de julio. Sin embargo, esto no siempre fue así.

Si bien el 4 de julio de 1776 – la fecha de la primera lectura pública de la Declaración de la Independencia – se considera merecidamente como la fecha de nacimiento de nuestra nación, la fecha del 4 de marzo de 1789 fue igualmente significativa. Aquel día, la Constitución de los Estados Unidos entró en vigor, el Congreso anterior bajo los Artículos de la Confederación se disolvió, y la primera sesión del primer nuevo Congreso de los Estados Unidos comenzó en la ciudad de Nueva York (aunque sin un quórum de miembros). Ya no éramos simplemente una confederación libremente enlazada de Estados independientes; ahora estábamos realmente los Estados Unidos, una “unión más perfecta”. En resumen, el día 4 de marzo de 1789 señala el comienzo de nuestro país con nuestra forma de gobierno tal como lo conocemos hoy en día. Si el día 4 de julio era nuestro cumpleaños, tal vez el día 4 de marzo señale nuestra confirmación o bat mitzvá: nuestra llegada a la mayoría de edad y nuestra introducción formal a un mundo inquisitivo que todavía no estaba muy seguro qué hacer con nosotros.

Además, el día 4 de marzo sería el día de la inauguración de nuestros presidentes para los próximos 150 años, desde el segundo mandato de George Washington en 1793 todo el camino hasta el primer mandato de Franklin Delano Roosevelt en 1933. Como resultado, el día 4 de marzo ha experimentado más que su cuota de momentos significativos, como el año 1797 cuando se produjo un notable (para esa época) transición de poder. Ese día, un inmensamente popular Presidente Washington, que probablemente podría haber permanecido en esa posición durante el resto de su vida si hubiera querido hacerlo, en cambio se puso a un lado mientras John Adams se convirtió en nuestro segundo presidente. Washington no sería rey, ni siquiera el jefe permanente del gobierno; no estaría corrompido por el poder. Y no haría falta un golpe de estado, guerra o intrigas políticas para pasar las riendas del poder de un ciudadano común a otro. Damos por sentado tales transiciones pacíficas de poder hoy en día; en aquel entonces era algo verdaderamente revolucionario. Lo que es más, en un gesto altamente simbólico, una vez que Adams y el nuevo Vice Presidente Thomas Jefferson fueron inaugurados, Washington se puso también literalmente a un lado para dejar que los nuevos líderes salieran de la sala primero; él era, después de todo, ahora simplemente un ciudadano privado.

Durante el siguiente siglo y medio, muchos más inauguraciones del 4 de marzo iban y venían, algunos señalando otros importantes – o no tan importantes – principios. Tuvieron lugar la primera inauguración en nuestra nueva capital de Washington, DC (Jefferson en 1801); la primera en ser seguida por un baile (Madison en 1809; entradas: $4); la primera llevada a cabo mientras el país estaba en guerra (Madison en 1813); la primera en la que el Presidente llevaba pantalones largos en vez de pantalones de rodilla (J. Q. Adams en 1825); la primera en la que un “hombre del pueblo” ascendería a la presidencia (Jackson en 1829); la primera en la que los afroamericanos participaron (Lincoln en 1865); la primera en ser grabada en una cámara de cine (McKinley en 1897); la primera en la que el presidente electo llegó en automóvil (Harding en 1921); y la primera en ser transmitida a nivel nacional por la radio (Coolidge en 1925).

Lo más destacado de cada toma de posesión es, por supuesto, el discurso inaugural. Algunos de estos defenderían actos ya tomados, como Jefferson en 1805 explicando su polémica decisión de duplicar el tamaño del país en un solo golpe al adquirir el vasto territorio de Luisiana de Francia. Otros exponían nuevas políticas audaces, como Monroe en 1821 comunicando a los poderes coloniales europeos que los diversos pueblos de América podían y debían gobernarse muy bien sí mismos sin más ayuda del otro lado del charco, muchas gracias (que conste que en realidad la inauguración de 1821 no se llevó a cabo hasta el día 5 de marzo ya que el cuarto era un domingo).

La costumbre de inauguraciones del 4 de marzo acabó con estilo ya que la última que tuvo lugar en esa fecha era una muy sobresaliente. El país estaba en las garras de la Gran Depresión cuando Franklin D. Roosevelt se esforzó tanto a tranquilizar como a animar a la gente en el año 1933: “Déjame afirmar mi firme convicción de que la única cosa que tenemos que temer es al miedo mismo …”. En el mismo discurso, FDR perfilaría su política del “buen vecino” en cuanto a las relaciones exteriores con América Latina.

La inauguración de 1933 sería la última a tener lugar el día 4 de marzo, porque después de eso la 20ª Enmienda a la Constitución entró en vigor, cambiando su fecha a la ahora conocida 20 de enero. Y con eso, la importancia histórica de 4 de marzo comenzaría a alejarse lentamente de la memoria colectiva de nuestra nación.

Con este contexto e historia de la fecha del 4 de marzo en mente, se puede comprender mejor la trascendencia de dos de los discursos más conocidos de Abraham Lincoln, su primer y segundo discursos inaugurales. Ambos tuvieron lugar en ocasiones trascendentales, el primero con la nación al borde de la guerra civil, y la segunda (hace 150 años hoy día) mientras la nación se preparó para la difícil tarea de reunirse después de una guerra terriblemente divisiva. Voy a dirigir mi atención a esos dos discursos en los próximos blogs.

Ahora también entenderás por qué sentí que el día 4 de marzo sería un día particularmente apropiado para inaugurar mi nuevo blog de Lincoln, “Reacio a terminar … ¡todavía!

LinkedIn-LogoSquareKevin J. Wood (“Señor Lincoln”)

el 4 de marzo de 2015