El Tribunal Supremo: ¿La última palabra? (Además, Lincoln habla de la construcción inmobiliaria)

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos normalmente recibe mucha menos atención que los otros dos poderes del gobierno federal, excepto por supuesto cuando emite decisiones muy significativas o polémicas. Tal fue sin duda el caso esta semana con los fallos del Tribunal sobre la Ley de atención médica asequible (“Obamacare”) y, muy especialmente, el matrimonio homosexual.

Ahora que el Tribunal Supremo se ha pronunciado sobre estos asuntos, esto significa que han sido resueltos para siempre, ¿verdad? ¡Si y no!

Por un lado, un fallo del Tribunal Supremo no puede ser apelado ante ningún tribunal superior, por lo que en este sentido sus resoluciones son definitivas. Por otro lado, los fallos del Tribunal Supremo no siempre son la última palabra, sobre todo porque el poder reside en última instancia en la voluntad de la gente, no en el gobierno. La asamblea legislativa podría aprobar una nueva ley que aborda los asuntos que el Tribunal consideró inconstitucional, una enmienda constitucional podría cambiar la base subyacente del fallo, o el propio Tribunal Supremo podría revertir el fallo en un caso posterior. Aunque no es común, cada uno de estos ha ocurrido en el pasado.

De hecho, la XIV Enmienda de la Constitución, que fue la base del fallo sobre el matrimonio homosexual del Tribunal Supremo de ayer, ¡es en sí mismo un excelente ejemplo de cómo una resolución del Tribunal a veces no es la última palabra!

Entre los muchos factores que contribuyen a la Guerra Civil, uno era el sentimiento entre los norteños que una “conspiración esclavista” se había infiltrado en el gobierno federal con la intención de hacer que la esclavitud fuera legal a nivel nacional. Esto fue impulsado especialmente por el Tribunal Supremo, dominado por sureños, que en 1857 resolvió en Dred Scott vs. Sandford que el Congreso no tenía autoridad para excluir la esclavitud de los territorios, y también que los negros, incluso los que eran libres, no eran ciudadanos y por lo tanto no gozaban de las protecciones de la Constitución. El siguiente paso lógico del Tribunal sería resolver que ningún estado podría prohibir la esclavitud dentro de sus límites. Antes de que eso pudiera ocurrir, sin embargo, la guerra civil estallaría.

Abraham Lincoln dio una ilustración graciosa de cómo las fuerzas pro-esclavitud habían promulgado intencionalmente y de manera concertada una infraestructura de leyes con el fin de extender la esclavitud a los territorios en su famoso discurso “Una casa dividida” en 1858, cuando se enfrentaba al senador titular Stephen Douglas:

“No podemos saber absolutamente que todas estas adaptaciones exactas son el resultado de concertar de antemano. Pero cuando vemos una gran cantidad de vigas estructurales, las diferentes partes de las cuales sabemos que han salido en diferentes momentos y lugares, y por diferentes obreros – Stephen, Franklin, Roger y James, por ejemplo – y cuando vemos estas vigas unidas juntos, y vemos que mate exactamente la estructura de una casa o un molino, todas las espigas y las muescas exactamente encajadas, y todas las longitudes y las proporciones de las diferentes piezas adaptadas exactamente a sus respectivos lugares, y ninguna pieza demasiado mucho ni demasiado poco, – no omitiendo ni los andamios – o, si una sola pieza falta, vemos el lugar en la estructura exactamente encajado y preparado incluso para recibir tal pieza – en tal caso nos resulta imposible no creer que Stephen y Franklin y Roger y James entendían todos entre sí desde el principio y todos trabajaron en un plan o proyecto común elaborado antes de que se dio el primer golpe.”

Mediante el uso de solo los nombres de pila, Lincoln no estaba de ninguna manera tratando de proteger a los culpables: ‘Stephen’ era obviamente su rival Stephen Douglas, mientras que ‘Franklin’ era el expresidente Franklin Pierce, ‘Roger’ era el juez presidente del Tribunal Supremo Roger Taney, y ‘James’ era el actual presidente James Buchanan. Como solamente un ejemplo de cómo aparentemente conspiraron juntos, Buchanan afirmó en su discurso inaugural que acataría cualquier resolución dada por el Tribunal Supremo en Dred Scott vs. Sandford, y solo dos días después Taney anunció el fallo.

Pero, ¡qué diferencia unos años, y una gran y terrible guerra, ocasionaron! Después de la Guerra Civil, se aprobaron tres “Enmiendas de la reconstrucción”. La XIII Enmienda (1865) abolió la esclavitud y la servidumbre involuntaria a nivel nacional, salvo como castigo por un crimen. La XIV Enmienda (1868) facilitaba, entre otras cosas, los derechos de ciudadanía (anulando así Dred Scott vs. Sandford), el debido proceso legal (la base del fallo en 1973 del caso Roe vs. Wade acerca del aborto), y la igualdad de protección bajo la ley (la base del fallo en 1954 del caso Brown vs. Consejo de Educación en contra de las instalaciones “separadas pero iguales” para los blancos y los negros, así como del fallo sobre el matrimonio homosexual de ayer). Por último, la XV Enmienda (1870) prohibió negar a un ciudadano el derecho al voto por motivos de raza, tono de piel o condición previa de servidumbre.

Entonces, ¿es el asunto del matrimonio homosexual decidido para siempre en los EE.UU.? Tal vez sí, o tal vez no. Tardó solamente 11 años para anular por completo el fallo trascendental y aparentemente permanente del Tribunal Supremo (por nada menos que un voto de 7-2) relativo a si los estadounidenses negros podían ser ciudadanos. Al igual que con las preocupaciones de los norteños en aquellos tiempos que el Tribunal se pronunciaría que ningún estado podría prohibir la esclavitud, tal vez una consideración reflexiva de parte del pueblo estadounidense acerca de los próximos pasos lógicos en la definición del matrimonio jugarán una parte. Por ejemplo, si ninguna ley puede limitar el matrimonio a personas de sexos opuestos, ¿cómo puede una ley limitarlo a solamente dos personas, y no a tres o más?

Pase lo que pase con el matrimonio homosexual en los próximos años, esperemos y oremos que no tengamos que sufrir otra guerra civil, ya sea literal o figurado, como parte de ese proceso.

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el 27 de junio de 2015

Una verdad impopular: El segundo discurso inaugural de Lincoln

El segundo discurso inaugural de Abraham Lincoln es probablemente su discurso más conocido con la excepción de él de Gettysburg. No sorprende que estos son los dos discursos que están grabados en mármol en el monumento a Lincoln en Washington, DC.

Lincoln había utilizado su primer discurso inaugural cuatro años antes para analizar lo que la Constitución tenía que decir sobre la crisis que enfrentaba nuestra nación en aquel momento. Había intentado persuadir al Sur a volverse voluntariamente del camino que había tomado sin comprometer la integridad de la Constitución y el sistema de gobierno. Eso no sucedió, y en cambio, como Lincoln diría ahora en su segundo discurso inaugural, “Ambas partes menospreciaban la guerra; pero una de ellas haría la guerra en lugar de dejar que la nación sobreviva; y la otra aceptaría la guerra en lugar de dejarla perecer. Y llegó la guerra.

La guerra había llegado, y por fin, cuatro largos años más tarde, al parecer iba llegando a su fin. Después de tantos reveses y decepciones, el Presidente ahora podía expresar con confianza “gran esperanza para el futuro”. Frente a una situación radicalmente diferente, el discurso de Lincoln era también completamente diferente. Era mucho más corto que el primero, y no mencionó la Constitución en absoluto. Curiosamente, Lincoln habló muy poco sobre el futuro, y dedicó la mayor parte de su discurso al pasado, y de una manera seguramente no esperada por el público aquel día. Es como si quisiera decir: “Esperen un minuto. Antes de que dejamos atrás esta terrible experiencia, reflexionemos sobre ella para descubrir lo que deberíamos aprender de ella.”

Mirando hacia atrás a los últimos cuatro años, Lincoln no hizo el esperado, es decir, defender el historial de su administración. En cambio, ofreció un tratado teológico sobre las razones de la guerra. En primer lugar notó que el asunto de la esclavitud “era, de alguna manera, la causa de la guerra” (otro tema que ya he abordado), y que ninguna de las partes había esperado una lucha tan larga, difícil y trascendental. Entonces observó que ambas partes “leen la misma Biblia, y oran al mismo Dios; y cada una invoca su ayuda contra la otra”. En este punto lanzó su único directo al Sur – “Puede parecer extraño que algunos hombres se atrevan a pedir ayuda de un Dios justo en escurrir su pan con el sudor de los rostros de otros hombres” (una referencia a Génesis 3:19) – pero luego añadió rápidamente, “pero no juzguemos para que no seamos juzgados” (una cita de Mateo 7:1).

A continuación Lincoln notó que el máximo propósito de la guerra podía encontrarse sólo en Dios, quien debe haber tenido un propósito que superaba con creces los del norte o del sur: “Las oraciones de ambas no podían ser contestadas; la de ninguna ha sido contestada completamente. El Todopoderoso tiene sus propios propósitos.” ¿Y cuáles eran los propósitos de Dios para la Guerra Civil? Nada menos que un castigo a nuestra nación por el pecado de la esclavitud humana, como Lincoln sostenía en el pasaje decisivo de su discurso, comenzando con una cita directa de Mateo 18:7 y terminando con otro del Salmo 19:9:

‘¡Ay del mundo por las transgresiones! porque es necesario que vengan transgresiones, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene la transgresión!” Si supondremos que la esclavitud americana es una de las transgresiones que, en la providencia de Dios, deben venir, pero que, después de haber continuado hasta su tiempo señalado, ahora Él la quiere eliminar, y que da tanto al Norte como al Sur, esta terrible guerra, como el ay [la aflicción] debido a aquellos por quienes vino la transgresión, ¿debemos discernir en esto cualquier desviación de esos atributos divinos que los creyentes en un Dios vivo siempre atribuyen a Él? Afectuosamente esperamos – fervientemente oramos que este poderoso flagelo de la guerra pase rápidamente. Sin embargo, si Dios quiere que continúe, hasta que toda la riqueza acumulada por el trabajo no remunerado del esclavo durante doscientos cincuenta años se hunda, y hasta que cada gota de sangre extraída por el látigo, sea pagada por otra extraída por el espada, como se dijo hace tres mil años, aun se debe decir “los juicios del Señor son verdaderos, y todos ellos justos’.

Con eso, Lincoln pasó del pasado al futuro. Seguramente el público esperaba aprender lo que el gobierno planeaba hacer una vez terminada la guerra para reunificar el país y reconstruir el Sur. Sin embargo, sobre este punto, Lincoln fue extremadamente breve y no muy específico, apelando a la gente a ser indulgente y magnánima: “Con malicia hacia nadie; con amor para todos; con firmeza en lo justo, según Dios nos da para ver lo justo, esforcémonos a terminar la obra en la que nos encontramos; a vendar las heridas de la nación; a cuidar de aquel que llevó la carga de la batalla, y por su viuda y su huérfano a hacer todo lo que pueda lograr y preservar una paz justa y duradera, entre nosotros mismos, y con todas las naciones.

Cualquier duda sobre las propias creencias religiosas de Lincoln en este momento de su vida debe ser inequívocamente aplastada por este discurso profundamente teológico. Hizo referencia a Dios trece veces, a la oración cuatro veces y a la Biblia una vez, mientras que también citó las Sagradas Escrituras cuatro veces. Era una defensa sin complejos de las tradicionales creencias judeo-cristianas con respecto a la soberanía y la providencia de Dios y de la responsabilidad de los seres humanos ante Él. Además, éstas no eran ideas nuevas; Lincoln había hecho declaraciones similares en otros escritos durante los tres años anteriores. Finalmente, no fue un discurso que tenía que hacer; escogió hacerlo, aun sabiendo que sería incómodo para la gente a escuchar. Cuando el jefe político neoyorquino Thurlow Weed le escribió después para felicitarlo por el discurso, Lincoln respondió:

Espero que [él] dure tan bien como tal vez mejor que cualquier cosa que he producido; pero creo que no es popular de inmediato. Los hombres no son halagados por ser enseñados que ha habido una diferencia de propósito entre el Todopoderoso y ellos. Negarlo, sin embargo, en este caso, es negar que hay un Dios que gobierna el mundo. Es una verdad que pensé que necesitaba ser contada; y en cuanto a cualquier humillación que hay en él, cae más directamente sobre mí mismo, pensé que otros podrían darse el lujo de que lo diga.”

Este no fue el discurso de un escéptico, ni un deísta. Lincoln podía haber sido uno o ambos de éstos anteriormente en su vida, pero ciertamente no era al final de su vida. Este fue el discurso de un hombre que aceptó las Sagradas Escrituras como la verdad, y que vio a Dios como trabajando muchísimo en los sucesos y circunstancias del mundo y de su propia vida.

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el 17 de mayo de 2015

Los disturbios de Baltimore de abril … ¡de 1861!

Es abril y la gente de Baltimore – algunas personas, quiero decir – se están amotinando. No, no estoy hablando de los disturbios recientes, ni los de abril de 1968 después del asesinato de Martin Luther King, Jr. ¡Estoy hablando de los disturbios de abril de 1861!

El 18 de abril de aquel año, Abraham Lincoln había sido presidente durante sólo un mes y medio, y la nación estaba completamente conmocionada. Durante sólo la última semana, Fort Sumter había caído a los rebeldes, Lincoln había solicitado 75.000 soldados voluntarios para defender la propiedad federal, y el sumamente importante estado de Virginia había votado a favor de separarse de la Unión y unirse a los siete originales estados del sur en la Confederación. Los otros estados del sur estaban amenazando a la secesión también, entre ellos otro muy estratégico: Maryland.

Si Maryland se hubiera unido a la Confederación en ese momento, podría haber asestado un golpe fatal al Norte. Washington, DC habría sido separado del resto del Norte, y habría caído con facilidad a los confederados, ya que no tenía tropas para defenderse. Si la capital de la nación fuera controlada por el Sur, Inglaterra y Francia habría sido mucho más propensos a reconocer el Sur y acudir en su ayuda.

La situación era grave y tensa. Todo Washington – simpatizantes del sur excluidos – esperaba ansiosamente la llegada de las primeras tropas del norte. Por fin, el 18 de abril, varios cientos de voluntarios de Pensilvania llegaron a Baltimore, a sólo 40 millas (65 kilómetros) de distancia. Baltimore presentó una complicación, sin embargo, ya que tenía distintas estaciones de tren para las líneas llegando de diferentes direcciones, lo que significaba que viajeros necesitaban tener sus vagones arrastrados una milla por caballos por el centro de la ciudad, o que tuvieron que cubrir esa distancia a pie o en diligencia (un coche tirado por caballos). Además, Baltimore era un hervidero secesionista. De hecho, dos meses antes, estos dos factores se habían fusionado en una conspiración para asesinar a Lincoln mientras cambió trenes en Baltimore, que sólo fue frustrado por disfrazarlo y llevarlo furtivamente a través de la ciudad en medio de la noche.

Mientras las tropas de Pensilvania pasaron de una estación de tren a otra, una enfurecida turba de simpatizantes del Sur se enfrentó a ellos, lanzando ladrillos y piedras y provocando algunas lesiones graves. Al día siguiente, un regimiento de Massachusetts llegó y también fue confrontado por una turba, esta vez armada con pistolas y cuchillos. La situación se intensificó, y cuatro soldados y una docena de civiles perdieron la vida, las primeras víctimas mortales de la Guerra Civil. La turba también saqueó y destruyó propiedades como la oficina de un periódico alemán pro-Unión.

¿Cómo respondería el nuevo presidente, aún faltando experiencia y tal vez no preparado para las exigencias del cargo, a los disturbios de Baltimore? Su respuesta nos da un vistazo de algo de los procesos de pensamiento, del temperamento y del carácter, que más tarde serían reconocidos por lo que le hizo un líder eficaz.

  1. Otorgó a sus oponentes la oportunidad de ser escuchados

Lincoln citó al gobernador de Maryland Thomas Hicks y al alcalde de Baltimore George Brown a la Casa Blanca para consultarles, y también recibió otra delegación bastante hostil de Baltimore. Les dio la oportunidad de expresar sus quejas y de exponer su argumento de que no se debe permitir a más tropas del norte pasar no sólo a través de Baltimore, pero también de todo el estado.

  1. Consultó con otros

Lincoln consultó con su consejo de ministros, que por su propio diseño fue repartido en partes iguales entre los dos principales grupos que componían el todavía nuevo partido republicano. A pesar de que no serían unánimes en esto, ni en muchos otros asuntos, su debate franco permitiría a Lincoln a considerar los méritos de puntos de vista opuestos mientras reflexionaba sobre el mejor procedimiento.

  1. Tomó una decisión coherente con sus obligaciones y con la justicia

Aunque Lincoln todavía necesitaba desesperadamente mantener Maryland en la Unión, no podía aceptar las demandas de sus gobernantes y aún cumplir con su propia obligación de defender Washington. Como les explicó: “Debo tener tropas para defender esta capital. Geográficamente se encuentra rodeada por el suelo de Maryland; y matemáticamente existe la necesidad de que ellas vinieran sobre su territorio…

  1. Utilizó el humor para ayudar a explicar su razonamiento y para aliviar la tensión

La explicación de Lincoln continúa de la siguiente manera: “…Nuestros hombres no son topos, y no pueden cavar debajo de la tierra; no son aves, y no pueden volar por el aire. No hay ninguna manera sino cruzar por tierra, y eso tienen que hacer.

  1. Hizo concesiones cuando fuera posible

Lincoln dirigió a tropas posteriores a venir en barco a Annapolis y luego continuar en tren o a pie a Washington, a fin de evitar Baltimore. También apeló a los gobernantes de Maryland a hacer su parte en bajar la tensión: “Mantengan sus revoltosos en Baltimore, y no habrá derramamiento de sangre. Váyanse a casa y decirle a su gente que si no nos atacarán, nosotros no atacarán a ellos; pero si nos atacan, lo devolveremos, y eso con dureza.”

  1. No actuó por venganza ni por pequeñeces

Cuando el gobernador Hicks citó a la legislatura estatal a una sesión extraordinaria una semana más tarde, el General Benjamín Butler pidió a Lincoln dejarle “cazar [detener] a todo el nido de legisladores traicioneros de Maryland”, quienes se esperaba iban a votar a favor de la secesión. En vez de eso, Lincoln eligió dejarles reunirse, y su apuesta compensó cuando adoptaron una posición neutral en el conflicto mientras rechazaron abrumadoramente la secesión.

  1. No permitió que la crítica inflamatoria le influyera

Los disturbios de Baltimore fueron inmortalizados de inmediato en un poema por James Randall, “Maryland, Mi Maryland” – luego se convertiría en la canción oficial del estado –, que insta a la gente a “vengar la sangre patriótica que salpicaba las calles de Baltimore”, y que llama a Lincoln un déspota y tirano. Lincoln no permitió que estos ni muchos otros comentarios vituperiosos e inflamatorias influyeran a él o a sus decisiones.

  1. Se mantuvo firme en su decisión

En los próximos años, Lincoln tomaría muchas decisiones controvertidas y de mano dura para mantener Maryland en la Unión, entre ellas la suspensión del recurso de hábeas corpus y el encarcelamiento del alcalde Brown y otros gobernantes pro-confederados. Pero estas se realizaban siempre en el entendimiento de que sólo eran justificadas por las condiciones extraordinarias de rebelión civil, y todavía optaba por un enfoque más suave cuando fuera posible.

Tal vez los responsables de responder a los recientes disturbios de Baltimore harían bien en estudiar la respuesta de Lincoln en 1861, con la esperanza de prevenir que sus calles sean ‘salpicadas’ aún más.

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el 1 de mayo de 2015

Ahora pertenece a la eternidad: El legado de Lincoln como él lo tendría

Hoy se conmemora el 150º aniversario de la prematura muerte de Abraham Lincoln a manos de un asesino. “Ahora pertenece a la eternidad”, como pronunció Secretario de Guerra Edwin Stanton, y en verdad un gran legado de Lincoln ha surgido. Es citado habitualmente como uno de los más influyentes, así como uno de los más queridos, de nuestros Presidentes; hay un sinnúmero de pueblos, calles, escuelas, empresas, productos, etc. que llevan su nombre; es citado – a veces mal – por políticos, predicadores y otros; su imagen aparece tanto en una moneda como en un billete; y hay monumentos a él por todo el país (bueno, al menos en el Norte).A lo largo de los años, Abraham Lincoln ha sido recordado por muchas cosas:

  • su improbable ascenso de la oscuridad al cargo más alto del país, dando esperanza a los demás que también pueden mejorar su situación a través de arduo trabajo, educación y perseverancia;
  • su compromiso con los ideales por los que nuestro país se destaca: la libertad, la democracia, la igualdad y la oportunidad;
  • su combinación única de un cuentacuentos corriente sin pretensiones, y un escritor y orador de discursos elocuentes;
  • su papel en la preservación de la unión y la liberación de los esclavos durante la mayor crisis de nuestra nación; y
  • su fuerte carácter personal y moral, incluyendo su honestidad, humildad, compasión y fe.

Pero, ¿qué deseaba Lincoln sí mismo en cuanto a su legado? Tenía sólo 23 años y había sido residente del pueblo de New Salem durante sólo unos seis meses cuando decidió postularse para la legislatura estatal de Illinois. Con el fin de presentarse a los votantes, preparó un folleto de mano que exponía sus posturas políticas, para concluir con una declaración que incluía estas palabras:

Se dice que cada hombre tiene su peculiar ambición. Ya sea cierto o no, lo que puedo decir por mi parte es que no tengo otra tan grande como la de ser verdaderamente estimado de parte de mis semejantes, por medio de mostrar que soy digno de su estima. Hasta dónde tendré éxito en gratificar esta ambición, aún no se ha desarrollado…

[El joven Lincoln no ganaría esa elección, aunque sí recibiría el 92% de los votos emitidos en su propio pueblo. Dos años más tarde, intentaría de nuevo y ganaría, pasando a servir cuatro mandatos consecutivos.]

A menudo hay una gran brecha entre la ambición y el legado. Mi anterior entrada del blog citó la profecía del Vicepresidente confederado Alexander Stephens que un día todo “el mundo civilizado e ilustrado” reconocería que el Sur había tenido razón, que la esclavitud de la raza africana no era un mal, sino un bien, ordenado por Dios mismo. ¡Afortunadamente esa ambición no se convirtió en el legado!

Esto también podría haber sido el destino de Lincoln si hubiera muerto antes durante su Presidencia, o si la Guerra Civil no había resultado como lo hizo. Si esto hubiera sido así, hoy Lincoln muy bien podría ser considerado como uno de nuestros peores presidentes nunca: poco cualificado y preparado para la gran tarea que enfrentó, un líder débil y un traidor a la Constitución. Como iba la cosa, sin embargo, vemos que la declarada ambición de Lincoln fue abrumadoramente satisfecha, por lo menos después de su muerte. Su ambición se ha realizado plenamente en su legado.

A lo largo de su vida adulta, Lincoln repitió y reiteró esta ambición de mostrar que era digno de la estima y el respeto de sus contemporáneos. Mientras que sufría un grave caso de depresión a los 32 años, por ejemplo – su carrera política se tambaleaba, había roto su compromiso con Mary Todd y su mejor amigo Joshua Speed se ​​había ido -, Lincoln escribió a Speed diciendo que era más que dispuesto a morir, salvo que no había “hecho nada para hacer que ningún otro ser humano recordara que él había vivido” y que “vincular su nombre con algo que redundaría en el bienestar de su prójimo era por lo que él deseaba vivir”.

Tendrían que pasar otros 22 años antes de que Lincoln pudiera sentirse absolutamente seguro de que realmente había hecho algo en beneficio de su prójimo que provocaría que la gente lo recordara. Ese día llegaría el 1 de enero de 1863, cuando firmó la Proclamación de Emancipación. Algunos habían dudado que Lincoln siguiera adelante con su promesa de firmar una medida tan polémica, y así que cuando dos veces cogió la pluma para firmar el documento y a continuación la dejó, los tres hombres con él comenzaron a preguntarse.

Pero entonces el Presidente explicó que por haber estado estrechándose la mano durante varias horas en la recepción anual del Día del Año Nuevo de la Casa Blanca, su brazo derecho estaba casi paralizado. “Si mi nombre alguna vez entra en la historia será para este acto, y toda mi alma está en él. Si mi mano tiembla cuando firmo la Proclamación, todos los que se examine el documento en adelante dirán: ‘Él vaciló’.” Por lo tanto se masajeó las manos hasta que se sintió seguro de poder firmar su nombre con confianza a este documento que él llamó “el acto central de mi administración”.

Por supuesto, Lincoln también reconoció que puesto que la Proclamación de Emancipación era técnicamente una medida de guerra, otros podrían venir después de él, después de que la Guerra Civil hubiera terminado, e intentar anularla. Es por esto que puso tanto esfuerzo en conseguir la aprobación de la decimotercera enmienda a la Constitución, prohibiendo la esclavitud de una vez por todas por todo el país.

La expresión del joven Abe Lincoln de su ambición – “No tengo otra tan grande como la de ser verdaderamente estimado de parte de mis semejantes…” – sin duda refleja un anhelo humano universal a ser estimado, valorado, respetado, etc. por otros. Pero como Lincoln ya sabía a una edad tan joven, esto no le vendría por derecho o casualidad; debe esforzarse para hacerse una persona merecedora de tales sentimientos: “…por medio de mostrar que soy digno de su estima”. Hoy en día, vivimos en un mundo donde el respeto y el valor a menudo se exigieron, como si fueran derechos. ¿Tal vez sería mejor si en lugar de eso siguiéramos el ejemplo de Abraham Lincoln y nos esforzáramos por hacernos verdaderamente merecedores de ellos?

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15 de abril 2015

La (no tan) “Gran Verdad” de la Confederación

Mi anterior entrada del blog trató sobre el primer discurso inaugural de Abraham Lincoln, con el norte y el sur al borde de una guerra civil. En ese momento, nuestro gran experimento de una república democrática moderna parecía condenado al fracaso, después de menos de un siglo de existencia. ¿Qué había pasado?

La causa de la Guerra Civil ha sido una de las cuestiones más controvertidas de la historia de los EEUU desde entonces. En particular, algunos han sostenido que en última instancia tenía más que ver con el asunto de los derechos de los Estados que con la esclavitud. Si bien es cierto que aquel asunto se debatió fuertemente en las primeras décadas de nuestra historia, fue casi siempre discutido en el contexto de algún otro asunto, y el más común de estos fue sin duda la esclavitud (la excepción más notable siendo el intento de Carolina del Sur de anular aranceles federales en 1832-33).

De hecho, durante los primeros 85 años de existencia de nuestro país, fue el asunto de la esclavitud que en repetidas ocasiones y con fuerza amenazaba con destruirnos. Esto fue especialmente verdadero en la década inmediatamente anterior a la Guerra Civil mientras las tensiones políticas y sociales se intensificaron. Desde el Acuerdo de 1850 hasta la elección presidencial de 1860, el papel de la esclavitud en nuestro país fue el predominante tema político y social. Incluso dio lugar a la ruptura y el realineamiento de grandes instituciones nacionales tales como los partidos políticos y las confesiones religiosas, la última vez que esto ha ocurrido a una escala tan grande en nuestra historia.

Pero ¿qué pasa con el hecho de que los autores de la Constitución de la Confederación, adoptada tan sólo una semana después de la investidura del Presidente Lincoln, metían lenguaje a favor de los derechos de los Estados en la primera línea?: “Nosotros, el pueblo de los Estados Confederados, cada Estado actuando en su carácter soberano e independiente, con el fin de formar un gobierno federal permanente, …” (¡nota también que no hay la formación de una “Unión más perfecta” aquí!). Esto ciertamente sugiere un mayor énfasis en los derechos de los Estados, pero esto es sólo el preámbulo, una declaración introductoria de propósitos y principios. Un análisis del resto del documento, en comparación con la Constitución de los EEUU revela resultados mixtos: en ciertos aspectos otorgaba más derechos a los Estados individuales, mientras que en otros en realidad les quitaba derechos. La diferencia más notable entre las dos constituciones no es el asunto de los derechos de los Estados sino el tratamiento de la esclavitud: mientras que la Constitución de los EEUU protegía la esclavitud a regañadientes donde ya existía, ni siquiera haciendo mención de ella por nombre, la Constitución de la Confederación la protegía explícitamente (ninguna “ley negando o menoscabando el derecho de propiedad en esclavos negros se aprobarán”).

Las intenciones de los líderes confederados se vuelven aún más claras cuando se considera un fascinante discurso pronunciado por su Vicepresidente diez días más tarde. Hablando de manera extemporánea en Savannah, Georgia, Alexander Stephens explicaba las diferencias fundamentales entre las dos constituciones, así como las ideologías y creencias detrás de ellos. Sí hablaba de los derechos de los Estados – explicando la eliminación del arancel por parte de la Confederación y la prohibición al gobierno nacional a financiar grandes obras públicas – pero es su último “cambio para mejor” que es especialmente revelador: el acuerdo definitivo de “todas las cuestiones inquietantes relacionadas con nuestra institución peculiar – la esclavitud africana tal como existe entre nosotros – la posición social apropiada del negro dentro de nuestra forma de civilización”. Stephens reconoció que “esta fue la causa inmediata de la reciente ruptura y actual revolución” (no los derechos de los Estados), y señaló correctamente que cuando la Constitución de los EEUU fue adoptada en 1787, algunos de los Padres Fundadores de los Estados del sur luchaban consigo mismos sobre el papel de la esclavitud. Puede que haya habido unos apologistas absolutos, es decir, defensores de la esclavitud, pero muchos otros, incluso Thomas Jefferson, en cambio casi se disculparon por la esclavitud. Stephens resumió los puntos de vista de los fundadores de la siguiente manera:

Las ideas dominantes contemplados por él [Jefferson] y la mayoría de los principales estadistas en el momento de la formación de la antigua constitución, fueron que la esclavitud del africano fue en violación de las leyes de la naturaleza; que era malo en principio, social-, moral- y políticamente. Fue un mal que no sabían bien cómo tratar, pero la opinión general de los hombres de aquel día fue que, de alguna manera u otra en el orden de la Providencia, la institución sería evanescente y se iría.

Entonces Stephens dejó caer el bombazo: en este punto, los fundadores eran fundamentalmente equivocados; la esclavitud de la raza africana no era un mal, sino un bien, ordenado por Dios mismo. ¡Y fueron los fundadores de la Confederación, la generación actual (él mismo incluido), quienes fueron las primeras personas en ser verdaderamente iluminados sobre este hecho!:

Nuestro nuevo gobierno se fundamenta en la idea exactamente opuesta; sus cimientos están sentados, su piedra angular descansa sobre la gran verdad, que el negro no es igual al hombre blanco; que la esclavitud – subordinación a la raza superior – es su condición natural y normal. Este, nuestro nuevo gobierno, es el primero en la historia del mundo, basado en esta gran verdad física, filosófica y moral.

Según Stephens, quienes no estaban de acuerdo con esta evaluación sorprendente eran ilógicos y locos, y finalmente serían derrotados porque estaban luchando contra un principio de la naturaleza, contra la verdad y contra Dios. Algún día, Stephens profetizó, esto sería reconocido “por todo el mundo civilizado e ilustrado”.

En caso de que creas que esto se trataba de las divagaciones de un hombre enloquecido, ten en cuenta que Alexander Stephens era un político muy respetado y un hombre hecho a sí mismo conocido por su sabiduría y generosidad. Era un antiguo aliado de Lincoln, generalmente sostenía opiniones moderadas, e inicialmente se oponía a la secesión y a elementos extremistas en el sur. Por lo tanto sus palabras francas ese día probablemente reflejan las opiniones de la mayoría de los sureños blancos hacia la esclavitud en ese momento. Es también revelador que los que anotaron su discurso señaló que Stephens fue interrumpido frecuentemente por los aplausos de sus oyentes. [Para el texto completo y más información sobre el discurso de Stephens, consulta este artículo de Wikipedia (en inglés).]

Todo esto no quiere decir que todos los norteños blancos en ese momento creían en la igualdad de las razas. La mayoría, de hecho, Lincoln incluido, no pensaba que las razas podrían ni nunca llegarían a ser iguales en todos los aspectos, sobre todo social- y políticamente. Pero por lo general sí creían – y Lincoln ciertamente creía – en la igualdad de trato en cuanto a los ideales de la Declaración de Independencia (“la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”) y las protecciones básicas de la Constitución. Al parecer, los sureños blancos se dirigían en la dirección contraria, cada vez más radicalizados y arraigados en sus puntos de vista.

Vivir como lo hacemos hoy en un mundo muy afectado por elementos extremistas, nos convendría considerar cómo el sur llegó a este punto. Yo diría que todo lo siguiente desempeñó un papel: actitudes y políticas enfocadas hacia adentro; prejuicios raciales basados en malentendidos y arrogancia; resentimiento por una percibida agresión y dominación por parte del norte; temor a los efectos futuros de la pérdida de influencia política a nivel nacional (perdiendo su forma de vida, y la incertidumbre económica de una transición de un sistema de trabajo forzado a un sistema de trabajo libre); y una disposición de utilizar la religión a ciegas para justificar acciones y creencias. Es fácil permitir que el temor, el prejuicio, el resentimiento, el sentimiento de impotencia, etc. sea el guía de uno – ya sea como una persona o como una nación –, pero éstos generalmente no conducen en última instancia a la verdad, la justicia o la bondad.

LinkedIn-LogoSquareKevin J. Wood

1 de abril de 2015

Primer discurso inaugural de Lincoln: Constitución y Unión

Inauguré mi blog hace dos semanas el día 4 de marzo, señalando la importancia histórica ahora casi olvidada de esa fecha en la historia de los EEUU: fue en esa fecha en el año 1789 que nuestra Constitución entró en vigor y nuestro gobierno tomó la forma que sigue teniendo hoy día, y fue también la fecha en la cual nuestras inauguraciones presidenciales tuvieron lugar hasta el año 1933.

Por eso no es nada de extrañar que cuando el Presidente electo Abraham Lincoln juró el cargo el día 4 de marzo de 1861 – siete de los 15 estados del sur habiendo separado recientemente de la Unión para formar los Estados Confederados de América y los otros ocho amenazando con irse también – la Constitución fuera primero en su mente. Hizo referencia a la propia Constitución o a los derechos constitucionales, asuntos constitucionales, etc. 34 veces en su discurso (el único discurso inaugural con más referencias constitucionales fue el de William Harrison en 1841, con 39, pero su discurso fue más de dos veces más largo).

El tema de Lincoln aquel día fue fundamentalmente la siguiente: a la luz de la Constitución y de las leyes de nuestro país, ¿qué iba a hacer para responder a la crisis actual? Intentó lograr un equilibrio aparentemente imposible: persuadir al Sur a volverse voluntariamente del camino que había tomado sin comprometer la integridad de la Constitución y el sistema de gobierno. La Constitución cumplió 72 años aquel día, aproximadamente la esperanza de vida humana. ¿Estaba este gran documento, y el país que se rigió, también llegando a su fin? Ciertamente parecía así.

En primer lugar Lincoln repitió cuidadosamente la postura muy clara de su nuevo gobierno acerca del asunto de la esclavitud, con el fin de calmar al Sur. No interferiría con la institución de la esclavitud en los estados donde ya existía y fue protegida por la Constitución – “Creo que no tengo ningún derecho legal a hacerlo, y no estoy dispuesto a hacerlo” – incluso sostener la polémica ley de los esclavos fugitivos (devolviéndolos a sus amos).

Lincoln entonces presentó su argumento que la unión era perpetuo, que ningún estado podía abandonar la unión sin el consentimiento de los demás. Esto sería cierto ya siendo visto desde la perspectiva de un gobierno nacional (“Es seguro afirmar que ningún gobierno en sí, nunca tuvo una disposición en su ley orgánica por su propia terminación”) o como un contrato (“Una de las partes de un contrato puede violarla – romperlo, por así decirlo; ¿pero no se requiere todas para rescindirlo legalmente?”). Y puesto que la unión era en realidad mayor que la Constitución, seguramente sería cierto cuando visto desde la perspectiva de ese documento, uno de cuyos objetivos era ‘para formar una unión más perfecta’:

Pero si la destrucción de la unión, por uno, o por una parte solamente, de los estados, sea legalmente posible, la unión es menos perfecta que antes de la Constitución, habiendo perdido el elemento vital de la perpetuidad. Se deduce de estos puntos de vista que ningún estado, simplemente por su propia petición, puede salir legalmente de la unión … Por lo tanto, considero que, en vista de la Constitución y las leyes, la unión sigue intacta …”.

El resto del discurso de Lincoln aquel día expuso más argumentos en contra de la secesión mezclado con más llamamientos a la razón y a la templanza. Notó que tanto la secesión como el gobierno de las minorías conducen por el camino a la anarquía. Habló de los beneficios, recuerdos y esperanzas de ‘nuestro tejido nacional’, y sobre ‘la restauración de las simpatías y afectos fraternales’. La crisis actual todavía podría ser superada, él afirmó, a través de ‘la inteligencia, el patriotismo, el cristianismo y una firme dependencia de Él, que nunca ha abandonado esta tierra favorecida’. Razonó que si el Sur entraba en guerra, no podían luchar siempre, y después de grandes pérdidas en ambos lados, todavía tendrían que tratar sobre las mismas preguntas que antes.

En algunos puntos, Lincoln sí tomó una posición firme; la Constitución, después de todo, le requirió garantizar que las leyes fueron respetadas en todos los estados. Concretamente, dijo que el gobierno federal utilizaría su poder para mantener posesión de las instalaciones del gobierno en el Sur (léase: Fort Sumter), y para recaudar impuestos; pero no haría nada más que podría provocar sentimientos de una invasión.

¿Sería suficiente todo esto para evitar la guerra? Lincoln dejó eso al Sur, mientras tanto manteniendo todavía una postura firme acerca de sus propias obligaciones:

En vuestras manos, mis compatriotas insatisfechos, y no en las mías, es la cuestión trascendental de la guerra civil. El gobierno no os asaltará. No podéis tener ningún conflicto, sin ser vosotros mismos los agresores. No tenéis ningún juramento registrado en el cielo para destruir el gobierno, mientras que yo tendré el más solemne para ‘preservarlo, protegerlo y defenderlo’.

Los borradores de Lincoln habían terminado con una pregunta dramática para el Sur: “¿Será paz o espada?” Pero por sugerencia del Secretario de Estado William Seward, Lincoln abandonó este final combativo a favor de un último llamamiento conciliador a su historia y experiencias compartidas:

Soy reacio a terminar. No somos enemigos, sino amigos. No debemos ser enemigos. Aunque la pasión los haya llevado al límite, no debe romper nuestros lazos de afecto. Los acordes místicos de la memoria, extendiéndose desde cada campo de batalla y sepulcro patriota, a cada corazón viviente y hogar, por toda esta amplia tierra, todavía aumentarán el coro de la unión, cuando sean tocados otra vez, como seguramente lo serán, por los mejores ángeles de nuestra naturaleza.

¿Por qué era Lincoln tan ‘reacio a terminar’? Parece ser que creía que era su última y mejor oportunidad para salvar la unión sin guerra. Uno siente que consideraba que mientras seguía hablando, ellos presuntamente estarían escuchando, y posiblemente abiertos a dar marcha atrás. Pero tan pronto que cerró su intervención, habría una ominosa finalidad a toda la espantosa situación. Si no les había convencido en ese momento, entonces sería demasiado tarde. Desgraciadamente para nuestro país – como quiso el destino, o la providencia – esto demostraría ser el caso.

Kevin J. Wood

18 de marzo de 2015

El cuarto de marzo: Un día muy adecuado para inaugurar mi blog

Para el ciudadano estadounidense normal y corriente de hoy en día, incluso uno decididamente patriótico, la fecha del 4 de marzo probablemente lleva poco significado, especialmente comparada con la del 4 de julio. Sin embargo, esto no siempre fue así.

Si bien el 4 de julio de 1776 – la fecha de la primera lectura pública de la Declaración de la Independencia – se considera merecidamente como la fecha de nacimiento de nuestra nación, la fecha del 4 de marzo de 1789 fue igualmente significativa. Aquel día, la Constitución de los Estados Unidos entró en vigor, el Congreso anterior bajo los Artículos de la Confederación se disolvió, y la primera sesión del primer nuevo Congreso de los Estados Unidos comenzó en la ciudad de Nueva York (aunque sin un quórum de miembros). Ya no éramos simplemente una confederación libremente enlazada de Estados independientes; ahora estábamos realmente los Estados Unidos, una “unión más perfecta”. En resumen, el día 4 de marzo de 1789 señala el comienzo de nuestro país con nuestra forma de gobierno tal como lo conocemos hoy en día. Si el día 4 de julio era nuestro cumpleaños, tal vez el día 4 de marzo señale nuestra confirmación o bat mitzvá: nuestra llegada a la mayoría de edad y nuestra introducción formal a un mundo inquisitivo que todavía no estaba muy seguro qué hacer con nosotros.

Además, el día 4 de marzo sería el día de la inauguración de nuestros presidentes para los próximos 150 años, desde el segundo mandato de George Washington en 1793 todo el camino hasta el primer mandato de Franklin Delano Roosevelt en 1933. Como resultado, el día 4 de marzo ha experimentado más que su cuota de momentos significativos, como el año 1797 cuando se produjo un notable (para esa época) transición de poder. Ese día, un inmensamente popular Presidente Washington, que probablemente podría haber permanecido en esa posición durante el resto de su vida si hubiera querido hacerlo, en cambio se puso a un lado mientras John Adams se convirtió en nuestro segundo presidente. Washington no sería rey, ni siquiera el jefe permanente del gobierno; no estaría corrompido por el poder. Y no haría falta un golpe de estado, guerra o intrigas políticas para pasar las riendas del poder de un ciudadano común a otro. Damos por sentado tales transiciones pacíficas de poder hoy en día; en aquel entonces era algo verdaderamente revolucionario. Lo que es más, en un gesto altamente simbólico, una vez que Adams y el nuevo Vice Presidente Thomas Jefferson fueron inaugurados, Washington se puso también literalmente a un lado para dejar que los nuevos líderes salieran de la sala primero; él era, después de todo, ahora simplemente un ciudadano privado.

Durante el siguiente siglo y medio, muchos más inauguraciones del 4 de marzo iban y venían, algunos señalando otros importantes – o no tan importantes – principios. Tuvieron lugar la primera inauguración en nuestra nueva capital de Washington, DC (Jefferson en 1801); la primera en ser seguida por un baile (Madison en 1809; entradas: $4); la primera llevada a cabo mientras el país estaba en guerra (Madison en 1813); la primera en la que el Presidente llevaba pantalones largos en vez de pantalones de rodilla (J. Q. Adams en 1825); la primera en la que un “hombre del pueblo” ascendería a la presidencia (Jackson en 1829); la primera en la que los afroamericanos participaron (Lincoln en 1865); la primera en ser grabada en una cámara de cine (McKinley en 1897); la primera en la que el presidente electo llegó en automóvil (Harding en 1921); y la primera en ser transmitida a nivel nacional por la radio (Coolidge en 1925).

Lo más destacado de cada toma de posesión es, por supuesto, el discurso inaugural. Algunos de estos defenderían actos ya tomados, como Jefferson en 1805 explicando su polémica decisión de duplicar el tamaño del país en un solo golpe al adquirir el vasto territorio de Luisiana de Francia. Otros exponían nuevas políticas audaces, como Monroe en 1821 comunicando a los poderes coloniales europeos que los diversos pueblos de América podían y debían gobernarse muy bien sí mismos sin más ayuda del otro lado del charco, muchas gracias (que conste que en realidad la inauguración de 1821 no se llevó a cabo hasta el día 5 de marzo ya que el cuarto era un domingo).

La costumbre de inauguraciones del 4 de marzo acabó con estilo ya que la última que tuvo lugar en esa fecha era una muy sobresaliente. El país estaba en las garras de la Gran Depresión cuando Franklin D. Roosevelt se esforzó tanto a tranquilizar como a animar a la gente en el año 1933: “Déjame afirmar mi firme convicción de que la única cosa que tenemos que temer es al miedo mismo …”. En el mismo discurso, FDR perfilaría su política del “buen vecino” en cuanto a las relaciones exteriores con América Latina.

La inauguración de 1933 sería la última a tener lugar el día 4 de marzo, porque después de eso la 20ª Enmienda a la Constitución entró en vigor, cambiando su fecha a la ahora conocida 20 de enero. Y con eso, la importancia histórica de 4 de marzo comenzaría a alejarse lentamente de la memoria colectiva de nuestra nación.

Con este contexto e historia de la fecha del 4 de marzo en mente, se puede comprender mejor la trascendencia de dos de los discursos más conocidos de Abraham Lincoln, su primer y segundo discursos inaugurales. Ambos tuvieron lugar en ocasiones trascendentales, el primero con la nación al borde de la guerra civil, y la segunda (hace 150 años hoy día) mientras la nación se preparó para la difícil tarea de reunirse después de una guerra terriblemente divisiva. Voy a dirigir mi atención a esos dos discursos en los próximos blogs.

Ahora también entenderás por qué sentí que el día 4 de marzo sería un día particularmente apropiado para inaugurar mi nuevo blog de Lincoln, “Reacio a terminar … ¡todavía!

Kevin J. Wood (“Señor Lincoln”)

el 4 de marzo de 2015